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11/03/10

La verdad no se evita, Ivone Galantini

639c7362c312115610af5ffac1d6ff98.jpgLA VERDAD NO SE EVITA, ESTÁ OCULTA EN ALGÚN LUGAR

Ahí estaba, sentada frente a él, 54 años después. Lo miraba, fijamente, como si al mirarlo pudiera adivinar lo que pasaba por su mente. Pero no, no adivinaba. Él tenía la cabeza gacha y babeaba un poco a causa de la medicación. Llevaba años sedado. Por lo menos eso era lo que me habían dicho los médicos cuando solicité la visita. No me sentía tan incómoda como imaginé que iba a sentirme.
Psicosis paranoica me dijeron. Quizás sea cierto. También puede ser la excusa para que nadie le crea jamás nada de lo que diga.
El hospital es grande, está más limpio y ordenado de lo que suponía, pero claro, no es un psiquiátrico como los demás, hay toda una estructura detrás y ¡qué estructura!, difícil de descifrar para mí.
Pienso todo esto mientras lo miro, no sé como empezar a hablarle, en realidad no sé que decirle.
Levanta los ojos y me observa, puedo notar en sus ojos el miedo, sospecho por qué.
En el fondo siento un poco de pena, se lo ve tan consumido, parece una luz tenue, como la de una vela a punto de apagarse.
Lo saludo. ¿Me conocés? Le pregunto. Me dice que sí, que como no me va a conocer si soy igual a mi madre. Esa sola frase logra crisparme y ponerme nuevamente a la defensiva. Por qué la tenía que mencionar, ahora voy a tener que ir derecho al grano y sigo sin saber por donde empezar.
Tengo la sensación que el mundo se detuvo, que esta escena en la que estamos él y yo es un instante en la memoria del tiempo. ¿Estoy segura que quiero recuperar esa memoria? Y, en todo caso, ¿Qué será lo que recupere?
Me sigue mirando, inquieto, se revuelve en su silla, espera. Debe intuir que no va a gustarle lo que yo tenga para decirle, que no es el amor, ni la compasión lo que me trae a verlo.
No doy más vueltas, “quiero saber” le digo. Mi tono es imperativo, no dejo lugar a dudas de cuál es mi intención.
Se retuerce las manos. Espero que no sea tan hipócrita para preguntarme qué es lo que quiero saber o peor, que se haga el loco para zafar.
Pero no, es vivo, sabe que no le va a servir de nada, me pregunta: por qué ahora, después de tanto tiempo.
Porque siempre dudé de la historia que me contaron, le digo sin mirarlo, y además, hace un tiempo empezaron a circular rumores, merezco saber.
Sigue ganando tiempo, se limpia la baba y me pregunta qué historia me contaron.
Me canso, no quiero seguir mucho tiempo más ahí, así que le pido, le exijo que vaya al grano. Ahora sí, lo miro fijo y le digo:
La historia es tan oscura como tus ojos, te lo voy a preguntar directamente: ¿por qué mataste a mamá?
Me doy cuenta que lo pregunto muy fuerte y el milico que está en la puerta se asoma, no sé si será mi propia paranoia, pero tengo la impresión que lo mira fijo al viejo como diciéndole que no tiene que hablar. Son todos iguales. Viven obedeciendo y cuando no tienen quien les ordene son menos que desperdicios humanos. Y este desperdicio que tengo frente a mí es, mal que me pese, mi padre.
Finalmente comienza a hablar. Debe pensar que, como tiene la patente de loco, cualquier cosa que diga no tendrá ningún sentido, pero se equivoca, para mí sí lo tiene.
Tenía miedo, dice en un susurro, me habían dado algo para esconder en el altillo, algo muy importante. Yo sabía que lo estaba buscando todo el país, no sé porque acepté… bueno sí sé, no me dieron muchas opciones, era una orden y las ordenes se obedecen.
Aunque pusieras en riesgo la vida de tu familia, lo interrumpo.
Yo adoraba a tu madre, ella estaba embarazada y vos tenias apenas un año, estaba dispuesto a defenderlos con mi vida, pero lo otro era distinto, era una orden, no obedecerla hubiera sido peor, mucho peor.
Vuelvo a interrumpirlo, no me das lástima, así que ni lo intentes, ¿qué podría haber sido peor que pegarle dos tiros a tu mujer embarazada de 8 meses? ¡Explicamé! No, mejor no, no me expliques, no me importa. Te pido que no me uses como una confesora, lo que yo quiero saber es por qué disparaste.
Yo estaba seguro que podían venir a buscar lo que tenía en el altillo, entonces dormía con la 38 debajo de la almohada. Esa noche escuche ruidos, unos pasos sigilosos en la oscuridad, me levanto y voy acercándome a la escalera que daba a la buhardilla y de golpe veo asomarse un bulto, no lo dude y disparé. Hasta ese momento estaba convencido que tu madre estaba en la cama durmiendo y vos en el cuarto de al lado, cuando vi que el cuerpo se doblaba volví a disparar, no podía ser el único, podía haber más personas en la casa.
Cuando la vi caer quise morir, era ella, todavía respiraba, vos te asomaste a la puerta y empezaste a llorar, yo gritaba desesperado, no sabía a quien llamar, la situación era crítica, intenté llamar una ambulancia, pero el teléfono estaba intervenido y los primeros en llegar fueron ellos… los superiores pero... ya era tarde. Creo que después de eso me trajeron directamente acá, no recuerdo mucho, empezaron a medicarme, yo te juro que quería matarme, pero ni siquiera esa dignidad me dejaron.
Pero ¿que era eso tan importante que tenías ahí como para que hayas arriesgado nuestras vidas?
No puedo decirlo.
Hace mucho tiempo que estás acá, afuera cambiaron las cosas, la gente está empezando a entender lo importante que es tener memoria, comenzaron a develarse los hechos, ese pacto de silencio que tenían entre ustedes ya no le importa a nadie. Se comenta que lo que tenías bajo llave era el cadáver embalsamado de Evita. Y no sigas llorando, si seguís me levanto y me voy.
¡Nunca imaginé que alguna vez se iba a saber! Ese era el tesoro que tenía escondido, se lo habían robado de la CGT y estuvo en distintos lugares, que nunca supe cuales fueron, hasta que a alguien se le ocurrió que el mejor escondite podría ser la casa de alguno de nosotros, y no sé por qué me eligieron a mí. Al principio pensé que era un honor.
No pude contenerme y casi para mí misma dije: ¡pobre imbécil!
Tenés razón, fui un imbécil, no tarde ni un día en darme cuenta que vivía aterrorizado, no dormía, no quería salir de casa porque imaginaba que los peronistas estaban al acecho y cuando me vieran salir iban a entrar a la casa a buscarlo, mi vida se transformó en un infierno ¿y todo por qué? ¡Por un cadáver de mierda! A partir de ese día el muerto era yo y ya no pude volver a vivir.
Otra vez se pone en víctima, no puedo soportarlo, así que lo interrumpo: ¿mamá sabía lo que tenías en el altillo?
No, contestó, y tal vez fue por eso que se levantó en mitad de la noche, siempre pensé que la mató la curiosidad.
Ni lo pienses, salté, nunca te olvides que la mataste vos, no la curiosidad, no te voy a permitir que te confundas de ese modo.
Eso es todo lo que te puedo contar. ¿Puedo preguntar yo ahora?, mientras lo decía volvió a bajar la cabeza como cuando llegué, me gustaría saber si te casaste, si tuviste una buena vida … a pesar de todo.
Mi vida nunca podría haber sido buena, se lo digo con odio, y tampoco tiene sentido que te cuente mucho de mí porque no voy a volver nunca más. Lo único que voy a contarte es algo que me parece importante que sepas: tengo una hija y, aunque te parezca una ironía, se llama María Eva. Tal vez siempre lo supe sin saberlo.

Ballenas en el espacio, Lu Cornejo.

f3020e1821745679b1c01d41c1923a56.jpgNo fue un atardecer como cualquiera. El sol bajó en picada más rápido de lo habitual. Tus ojos que habían visto miles de puestas de sol a lo largo de la vida, quedaron atónitos al verlo estrellarse entre los cerros. Como una moneda delgada y dorada se introdujo dentro de la tierra y todo quedó en penumbras. El mundo tembló bruscamente, las montañas se sacudían furiosas, el pasto se renegrecía, el agua burbujeante despedía peces al cielo. Llovieron ranas y vacas. Cayeron por todas partes haciendo cráteres sin fondo. Las ovejas murieron de calor, los perros quedaron mudos y los gatos sin ramas a las que trepar. Por cada grieta supuró lava ardiente. Bajaba por las montañas en surco fatal, arrasando árboles, casas, gentes, pollos y cabras. El aire rancio, tóxico, quemó las plantas. El color del planeta desapareció. Los azules y verdes se tornaron de un marrón con tonos caqui y vetas negras. El perfume de la tierra y sus hierbas se desvanecieron ante la potencia del azufre y el hedor de los zorrinos asustados. Viste a la gente acudir a las iglesias, rezaban a su Dios, imploraban piedad, mientras las imágenes de ángeles regordetes, santos de túnica y vírgenes con lágrimas de sangre, se quebraran con cada movimiento del planeta sin acudir a las plegarias. Todos miraron hacia arriba, donde antes hubo un cielo. No se reportaron milagros de ningún tipo.
No hubo tiempo para más. El planeta se abrió en dos y el agua de los oceanos cayó trepidante dentro de la grieta. Viste ballenas aleteando por última vez, cardúmenes enteros se perdían en el fondo mientras los delfines de todo el mundo nadaban en contracorriente intentando salvarse. Y poco a poco no fue quedando nada de agua y otro mundo descubrían tus ojos. Valles, montañas nuevas, despojos de barcos antiguos que habitaban en el fondo del mar que ya no existía. El centro estaba tan lleno de agua y lava y ballenas que no pudo soportar mas su peso y terminó por separarse del todo. Dos mitades de lo que fue alguna vez el mundo flotaban en el universo sin dirección alguna. Todo el desecho de nuestro planeta suspendido en el espacio. Oceanos enteros, ballenas rebotando contra otros planetas, delfines confundidos por tanta travesía no paraban de nadar por la vía lactea. Y como una manzana mal cortada, el planeta tierra quedó a la deriva y en penumbras. Sin aire, sin agua, sin vida, salvo por una cucaracha que se la vio salir de un agujerito.

Bichos rojos, Laura Guzman

90862fcd914772eccecb7a64420a518a.jpgQue trabajaba tanto como un esclavo oscuro, decían las viejas de medias caídas y rulos maquillados.
Pero a él no le importaba qué pensaran las viejas, porque hubiese querido atarlas a la parada de algún colectivo, y ni eso hubiese podido hacer, tan cagado estaba...
Él tenía bichos rojos en los dedos y en las venas y en la lengua siempre viva que jamás callaba a pesar de sus deseos.
Cada día una parte de su cuerpo le dictaba los sopapos o revolcones que vendrían con la noche. Sus ojos iban con él tenues como los de una vela, cansada de no ser necesitada. Una vela con anhelos de una boca, para apagarse sola y putear a todos los fuegos.
La materia (siempre gris) funcionaba correctamente, pero una cosa es querer y otra que el cuerpo responda al diálogo.
Porque sabiendo que debía cruzar a la izquiera, al llegar a la esquina sus pies doblaban al contrario. Y así pasaba relojes girando hacia lugares erróneos hasta que todos ellos se unían en dos horas y cuarto de espera para llegar, finalmente, a la puerta. Allí donde treinta minutos más sus manos jugarían a vacíar el portafolios sacandole todo, menos la llave.
Así se quedaría en su trabajo hasta el tiempo de los bares con piso húmedo y llamadas desafortunadas; mitad recuperando horas de llegadas tardes, mitad para no salir a comprar pan y terminar tocándole el culo a la chica que reparte los diarios.
Así las vecinas nuevamente.
Así a él sin importarle.
Y otro día llegaría con la misma incertidumbre, con el mismo pantalón sin uso sobre la silla que sus piernas se negaban a estrenar cada mañana.

Pero él tenía una lora bastante azul a la que usaba como una confesora.
Si quería leche y pedía hielo, allá iba camino a casa contándole cómo deseaba un vaso lleno y de qué manera tiraría los cubitos por la ranura del balcón
-si sus manos lo dejaban-
Sólo con la lora podía hablar mal en voz alta de su cuerpo invadido, de sus bichos rojos, de sus llantos de verguenza adulta.

Los días eran como trenes con maquinistas ciegos.
Como boletos con destinos borrosos, con boleteros sordos y los frenos descompuestos.
Sus días eran de otro y el atestiguaba desde su propio adentro.

Porque hasta que lo eterno comenzó, nunca había valorado las simples decisiones. Agua caliente en vez de fría. Cuchara en vez de tenedor. Azúcar en vez de nada. Y que tan sencillos movimientos hiciesen de su té un arroz lo volvía loco.
Lo volvió loco.

Ahora 7 am.
Lo veo tocar el piano sin que nadie lo escuche. No creo que estos meses lo hayan curado en absoluto. Quizás quizo ir al baño cuando terminó en las teclas. Alguien toma sus medicinas y vigilo que las trague. Otro sigue en la ventana, aquel camina con sus voces siempre a cuestas. Y escucho los acordes que salen de tus dedos autónomos, tan oscuros como tus ojos, como mis planes, como el mañana que ahí espera, sin irse nunca del marco.

Yo sólo me pregunto si él sabrá que lo distingo. Si ayer quiso estar conmigo cuando se fueron las luces, o si sólo quería abrir la puerta, cuando uno de sus bichos lo llevó a mis labios... a mi cama de hierro helado, a mi guardia siempre adrede.


(por suerte le robé su lora azul
y no saben a qué juego bajo este guardapolvo

esperando que sus visitas no vengan
tragando sus píldoras,
escribiendo sus historias,

y sin que nadie, nunca, sepa la mía)
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