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25/08/10

El pacto, Flor Gaudio

16.jpgDel primero me enteré por casualidad, mientras me servía café en la sala de profesores. Fui el objeto de todas las miradas y traté de evitar el gesto de sorpresa. “¿Cómo yo no lo sabía?”, se preguntaban aquellos rostros con sorna. ¿Cómo saberlo? Era apenas la segunda semana de clases…
La noticia se había extendido como reguero de pólvora, y para el tercer recreo no había nadie en el Manuel Belgrano que no hablara de esto.
Hice una nota mental, debería conversar con Estelita en los próximos días, para eso yo estaba en la institución; hablar con los chicos de sus problemas era mi función principal. Hacía muchos años, en otro colegio, había tenido una situación similar, y había sido capaz de contener tanto a la chica, como al novio, y también había hablado largo y tendido con los padres de ambos. Pero si en aquella escuela no había sido sencillo, estaba segura de que en el Manuel Belgrano el hecho se convertiría en el Apocalipsis.
Del segundo caso se comenzó a rumorear una semana después. Pero era solo eso, un rumor, y como todo rumor que se precie de tal se expandió a toda velocidad. Antes de que los alumnos salieran al pasillo, la supuesta novedad ya había alcanzado sus teléfonos celulares, y volaba de mensaje en mensaje. Para la hora del recreo, las miradas de sorpresa, las sonrisas acusadoras y el cuchicheo se apoderaron del Manuel Belgrano.
Yo aún no había hablado con Estelita del asunto; hacía tres días que la chica no asistía a clases, y me negué a creer lo que mis oídos acababan de escuchar. Ahora era Malena Rocasalvo el centro de la escena, y la vi caminando por el patio, junto a los canteros, con gesto altivo, como siempre. Pensé que era mentira, tenía que ser mentira, la adolescente no podía estar tan tranquila con una sonrisa torcida adornándole el rostro, como si nada hubiera pasado.
Pero aquellos comentarios sobre su persona siguieron su curso durante los días siguientes. Algunos se oían en los pasillos o salían de la boca de ciertos profesores dentro de nuestra sala común; escandalizados unos, divertidos los otros. Se decía que ella ya había tomado la decisión, y no seguiría adelante con… con… con el “asunto”. Que él era un chico más grande; unos aseguraban que era un ex alumno de la institución, otros que era su primo. Que en este nuevo estado suyo, y en el de Estelita, estaba el punto de conflicto entre ellas y Sabina González, lo que quizás fuera verdad y esto explicaría muchas cosas, en especial el alejamiento de Sabina del resto del grupo, tema de sumo interés para todo el alumnado durante la primera semana del ciclo lectivo, cuando se dieron cuenta de que Sabina no solo se había separado de su novio, otro de sus compañeros de clase, sino que ya tampoco se sentaba con sus cuatro amigas inseparables. Y eso, para el resto del colegio era motivo de chismes.
Los días que siguieron Estelita seguía sin aparecer, pero Malena entraba al colegio con su cabeza en alto, ¿se habrían enterado sus padres? Evidentemente no.
Con los papás de Estelita tuve la reunión un viernes por la tarde; se mostraron consternados y abrumados por la situación, pero su hija volvería pronto a clases y preferían contenerla a castigarla, luego de pasado el mal trago. Para ellos, ya no había vuelta a atrás. Les di folletos, recomendaciones y el teléfono de un grupo que podría ayudarlos; los mismo hice con su hija durante nuestro encuentro el lunes siguiente.
La adolescente no dijo mucho, me agradeció, y aunque intenté sonsacarle algo de información sobre su amiga, no largó prenda. Hasta el momento, lo de Malena seguía siendo un rumor, y yo no tenía manera de comprobar su veracidad. Claro que la podría haber citado en mi oficina para preguntárselo de forma directa, pero por algún motivo, a ella en particular, me costaba abordarla.
Cuando se supo del tercer caso, también se terminó de confirmar el segundo, y a todo el colegio le pareció un escándalo, un gran escándalo; a mí simplemente me pareció sospechoso. ¡Ahora también Alicia Santa Ana! ¿Tres embarazos en un mes? ¿En un mismo curso? ¿En un mismo grupo de amigas? ¿Nadie más que yo veía un patrón?
El director estaba abochornado y se sabía culpable, como si él fuera el responsable de la precoz reproducción de las tres alumnas de quinto año. Nos torturó en conjunto durante horas, y terminó lavándose las manos y endosándoles la culpa a los profesores encargados de la educación sexual del alumnado. Yo me mantuve en silencio durante toda la reunión. Escuché y reflexioné.
El cuarto caso no me tomó por sorpresa, para mí fue la gota que rebalsó el vaso. Regina Mariño era la que faltaba. El asunto había tomado las dimensiones de un sainete. Se había programado una reunión de padres general para los tres cursos superiores; se adoctrinaba a los profesores en la sala común; se escuchaban bromas en los pasillos; se recibían quejas de padres preocupados; se había formado un nuevo grupo que alentaba al celibato; y cuando las cuatro chicas caminaban por el colegio, recibían todo tipo de miradas a su paso: burla, lástima, reproche… Yo las veía aisladas del resto, pero inexplicablemente contentas y resplandecientes en su propio mundo. Aún así, las vi más solitarias que nunca. Las cité a las cuatro por separado; era hora de atar cabos.
Estelita siguió sin decir demasiado, sus padres ya estaban acostumbrándose a la idea de ser abuelos, e incluso me enseñó su incipiente panza. Pero nada más. Malena Rocasalvo se negó a prestar declaraciones (palabras textuales), y afirmó que el colegio no tenía jurisdicción sobre su útero (palabras textuales). Sabía que ella sería un hueso duro de roer, pero no pensé que Alicia Santa Ana me costaría tanto. La chica parecía vivir en otro mundo, hablaba de cunas y cambiadores, y yo no sabía qué decir; la consejera escolar se había quedado muda, anonadada. Me sentí desfasada en tiempo y espacio, como si estuviera ante un ama de casa de la década del cincuenta. Evidentemente, de ella tampoco iba a obtener información relevante.
El momento de anacronía terminó cuando Regina y Santiago Amoroso entraron a la oficina. En este caso el Manuel Belgrano tenía un problema doble, porque el padre de la criatura también asistía al mismo curso que la embarazada. Regina estaba seria y Santiago lívido.
Cuatro reuniones y no había logrado conseguir nada; sin embargo, había algo raro en todo este asunto, algo que no podía llamarse simple casualidad, algo que repiqueteaba en mi mente cuando me acostaba intentando dormir, y pensaba en los silencios que se repetían en cada una de las integrantes de este grupo de chicas. Sin embargo, una noche apagué la lámpara de la mesita de luz, y se encendió mi propia lamparita.
Al día siguiente cité a Sabina. Entró temblando; sabía cuál era la razón de la reunión, se la imaginaba, pero prefirió hacerse la desentendida. Se la veía pequeña y asustada sin el respaldo de sus cuatro amigas. Todo lo que conseguí durante quince minutos fueron lágrimas y una mirada suplicante, que no logré comprender. Allí había lealtad, una lealtad inexplicable al que alguna vez fuera su grupo de pertenencia. ¿Hacia quién en particular? Pero también había miedo, mucho miedo.
Los meses pasaron, las panzas comenzaron a asomar por debajo del uniforme, sus sonrisas se multiplicaron en su propio mundo, y los comentarios disminuyeron. El tema ya no era una novedad, y los directivos de la escuela prefirieron cerrar los ojos y esperar a que todo eso acabara algunos meses después; por suerte, tres de los nacimientos ocurrirían durante el último mes de clase.
Nuevas noticias surgían, otros problemas llegaban a golpear a mi puerta, y aún así, no había día que no pensara en el caso de los embarazos multiples, en especial cuando me cruzaba con alguna de ellas en los pasillos del colegio. Estelita me sonreía con su rostro infantil; Regina y Alicia me ignoraban; Malena me clavaba la mirada, desafiante; y Sabina aún escapaba de mí.
Pero la mentira tiene patas cortas, y la verdad a veces nos cae del cielo, como un regalo inesperado. En este caso me llegó en la forma de un alumno: Juanjo Bermúdez entró a la oficina durante la tercera hora de un martes. Yo no lo había citado; era un chico aplicado, que solía mantenerse alejado de los conflictos típicos de los muchachos de su edad, pero como en ese momento estaba libre, lo invité a pasar. Me pareció extraño que cerrara la puerta al ingresar, también su semblante serio. Lo que luego saldría de la boca del ex novio de Sabina también me parecería extraño, pero solo por un momento; luego me resultaría esclarecedor, y después una locura, una simple locura, pero con su relato todo tomaba forma, todo cobraba sentido.
Le prometí a Juanjo evitar su nombre y dejar a Sabina fuera de esto, como me rogó, pero aún así cuando el adolescente salió de la oficina, me dejó en un océano de dudas. ¿Qué hacer ahora con toda esta información? Me sentía como un nóvel periodista ante una jugosa primicia.
Cerré la puerta y caminé por el pasillo desierto, masticando la verdad. No estaba segura, pero no tenía opción. ¿Se trataría de una prueba? ¿De un juego? Un juego siniestro, si así lo fuera. ¿Sería un desafío? ¿Habrían obtenido la idea de algún sitio de internet? ¿Quién había sido la propulsora? Eso lo sabía, tenía que ser la cabecilla del grupo, Malena Rocasalvo, ¿quién otra?
“Un pacto, un pacto, pero ¿con qué fin?”, repetí en mi mente, antes de ingresar al despacho del director. “El pacto del embarazo”, dije en voz alta cuando la puerta se abrió. El director me observó sin entender mis palabras; quizás él no entendería lo que estaba dispuesta a contarle, pero eso no importaba, porque yo tampoco lo entendía. De cualquier manera… alguien tenía que ayudarme a dilucidar toda la verdad…

Desde el borde del Desborde, Brenda Segurel

16.jpg“Tenés que ayudar al prójimo” me decías cuando era chica. ¡Ay, mamá! Si vos vieras lo que hay afuera de esta carpa de campaña te tragarías tus palabras para que me volviera un poco más egoísta… Recién entro; estuve afuera, bajo la lluvia torrencial ayudando a los médicos y a toda esta gente a intentar menguar un poco este caos. Desde que se largó el agua este lugar se volvió la mismísima sucursal del infierno: el río Indo triplicó su caudal, desaparecieron las rutas, la gente perdió sus campos y el ganado… muchas familias perdieron todo. No damos a basto: falta agua y alimentos, las vacunas empiezan a escasear y las comunicaciones están siendo cada vez más complicadas.

Cada vez que me toca curar las heridas de alguna persona, de darle algunos alimentos a una familia me acuerdo de tus palabras y me pregunto, ¿quién nos ayuda a nosotros, que tanto dolor estamos viendo y que no nos cabe en el pecho? Siento que voy a explotar de angustia.

Anoche, cuando todo el mundo dormía, salí a tomar un poco de aire (es que a pesar de las lluvias hay momentos en que creo que no corre aire en este lugar); escuché ruidos detrás de la carpa de enfermería. Ahí estaba el jefe de nuestra área, un médico experimentado, acostumbrado a este tipo de campañas, con lágrimas en los ojos, removiendo el barro con un palito. Me acerqué para ver si estaba bien o si necesitaba algo; me mostró un parte que acababa de llegar a nuestro campamento: decía que estemos listos para recibir más gente, porque los pronósticos meteorológicos auguraban más lluvias e inundaciones en toda la región. Le dije que muchas veces los pronósticos no son más que predicciones que suelen equivocarse; ¿sabes cuál fue su respuesta? Me dijo que se equivocaran o no, ya había más de quince millones de personas afectadas, que se le estaba escapando de las manos, que ya no sabía qué hacer… Ahí empecé a temer lo peor: me sentí sola en el mundo, lejos de todo, sin una mano amiga, sin una frazada y un té caliente.

¿Te acordás que durante mi primer misión te mandé una carta diciéndote que había encontrado mi vocación? Estaba feliz de ser enfermera. Claro, esa primer misión no tenía punto de comparación con ésta crisis. Mamá, ¿te puedo confesar algo? Tengo miedo. No duermo hace varias noches; no solo las tormentas son realmente horrendas, sino todo lo que vivimos día a día. Gente de todas las edades que llega con sed (qué paradoja, ¿no?), herida de cuerpo y alma por haber perdido todo. Gente que llega aterrada porque los corrió la inundación para un lado, y los terroristas los corrieron para el otro. ¿Qué se hace, mamá, en estos momentos, cuando una ya no tiene más brazos para abrazar, cuando ya no tenés más manos para secar lágrimas ni curar heridas?

Esta mañana me tocó sanar a un chico. Tenía heridas menores, seguramente por la caminata larga y por el barro que cubre la zona. Vaya uno a saber qué cosas quedaron ocultas debajo de las aguas y con qué cosas se cortó los pies. Me contaba que hasta hace poco tiempo estaba feliz; se había casado y había logrado sembrar un pequeño campito; estaban esperando a que finalmente las cosechas dieran frutos para venderlos y poder tener algo de dinero para comprar unos animalitos. Se despertó de noche, cuando sintió que algo fuerte chocaba su casa. Sólo atinó a despertar a su mujer cuando el agua comenzó a llevárselo todo. Subieron al techo y allí permanecieron hasta que hubo luz y un vecino los rescató en una balsa improvisada con unas tablas. Perdieron todo… hasta los recuerdos se mancharon con el barro de ésta inundación. Cuando lo vi llegar pensé que era un hombre grande, pero no tiene más de treinta años… “No hay mal que por bien no venga”, me repetía en voz baja mientras suturaba uno de sus pies. Ahora, en el medio de la noche, está parado en la puerta de la carpa; ya no espera milagros… ni el bien ni el mal. Aca los milagros no existen, si ni siquiera la ayuda humanitaria que se pidió pudo llegar…

¿Sabés que es lo más triste? Desde que llegué no escucho risas, ni veo sonrisas. Hay lágrimas por doquier y la sensación de que todo está perdido. Hasta los más pequeños disimulan las lágrimas con el barro en sus caras, mientras acarrean las pocas cosas que pudieron rescatar de la inundación.

Si fuese mi cumpleaños y tuviera que pedir un deseo, pediría volver a casa. Extraño el olor a tostadas en la mañana, tus regaños cuando llegaba tarde, las peleas con mis hermanos. Extraño los paros y piquetes de la ciudad, el caos del tránsito y que el del pronóstico diga que se vienen fuertes lluvias y granizo… y le termine errando con un fin de semana soleado.

Te extraño, mamá. Quiero volver a casa.

Te dejo, voy a ver si puedo despachar esta carta en el próximo helicóptero.

Alma Robada, Gerardo Pace

encadenada.jpgPara hacer que una lámpara esté siempre encendida,
no debemos de dejar de ponerle aceite.


Ahora estoy en este cuarto, lleno de suciedad humana, lejos de mi familia, ¡cómo los extraño! Estoy esperando al próximo tipo que venga a poseer mi cuerpo, sin mi consentimiento.
Cuando tengo un rato para mi soledad y yo, solo me pongo a llorar. ¿Dónde estoy?
Cuando se me va el efecto de las drogas y el alcohol que me dan, me llegan como cataratas de imágenes, de mi mamá y de mis hermanos. No recuerdo cuándo me secuestraron y me pusieron en este inmundo lugar donde Dios se olvidó de las almas que aquí habitan. En este cuarto de dos por tres dormimos seis mujeres, todas en la misma situación, ¡secuestradas!
- Dale Rocío preparate que viene un cliente, ¡vamos! ¡movete, che! - dijo el cafiyo
- Si, ya va…
No puedo ver bien por el efecto de las drogas, pero el tipo que me tocó parece que ni se bañó, debe ser un camionero que pasa por esta ruta, le veo cara conocida.
Ya estoy desnuda y el hijo de puta me toca como si fuera un pedazo de carne, ¡le tengo asco!

Voy al baño a vomitar toda la repulsión que me provocó este tipo y no es la repulsión de su olor, esto vas más allá, siento que cada vez que alguien que está tocándome me roba algo de mi alma adolescente. ¿Cuánto tiempo voy a estar acá?
¡Por Dios! Quiero escaparme, ¿¡pero cómo hago!? A veces pienso en suicidarme…
Hace tres noches que no duermo, un tipo tras otro, me acuerdo cuando estaba con mi familia y todos los días iba a estudiar al colegio, extraño a mis compañeros…
Sé que lo que me toca vivir es muy duro pero no van a quebrantar mi alma…tengo que ser fuerte…
No sé si tengo el sida por culpa de estos hijos de puta que me secuestraron, estoy viviendo una vida semi humana pero no van a poseer mi alma…
No me permito llorar, pero cómo me gustaría que mis ojos hablen por mi interior…
No les voy a contar una historia con buen final, solo estoy esperando que algún día la policía entre en este tugurio y nos devuelva a nuestra vida anterior, aunque ya no sea lo mismo que antes, pues las personas cambian. Todas las noches pienso que va a entrar la policía y me va a liberar de este infierno, solo me queda esperar, Dios cuide a mi familia y a mí… que me libere…